La alquimia del dolor

Hay días en que el mundo duele. En que la vida hiere. Días en que el alma pesa como si dentro del pecho cargáramos una roca. Días en que en ese mismo pecho, hay un agujero negro insondable.

Hay días en que no se soporta cargar ni el peso de una pluma. Días en que la risa ajena nos molesta. Días en que las miradas felices de los demás son bofetadas para nuestra angustia. Días en que cada pregunta que nos hacen es una afrenta; hablar, un esfuerzo insufrible.

¿Cómo osa el mundo continuar girando mientras nosotros nos consumimos por dentro, mientras nuestro universo se desmorona de manera inevitable? El silencio es tan atronador que rebota con fuerza contra las paredes del cráneo. Pareciera que todo va a reventar. El cuerpo duele y comienza a desintegrarse, como un holograma que se apaga despacio. Los recuerdos obran como el péndulo del cuento de Poe: van y vienen cortándonos un poquito más en cada vaivén. Mientras más dulce el recuerdo, más agudo e intolerable el sufrimiento. De nuestro pecho manan flores de sangre y azufre.

Muchas veces me pregunto si llegará el día en que no tenga nada más qué escribir. En que se me acaben las palabras, las historias, la imaginación, mi búsqueda del término exacto, mis experimentos con las estructuras y las formas, mi obsesión por contar historias desde el ángulo menos explorado, mi manía de decir las cosas de manera descarnada, calcular la cantidad de tripa que expondré en cada texto.

Me lo vuelvo a preguntar esta noche, en que intento de manera infructuosa, por enésima vez en la semana, escribir esta columna. “Quiero escribir, pero me sale espuma”, como dijo César Vallejo. No es que hoy no tenga nada que decir. No es que mi mente esté en silencio. Pero lo que pienso y siento no puedo contarlo en este espacio, por ser demasiado personal.

Hay días en que para el escritor es urgente detener el mundo y su ruido, sumergirse dentro de sí y sentarse en silencio a escuchar lo que sus ángeles o demonios tengan que revelar, aunque muchas veces éstos permanecen mudos, aumentando nuestra zozobra. En días así es casi imposible redactar algo decente. O, por lo menos, se convierte en una tarea más difícil de lo normal.

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Nuestra deuda con Monseñor

En aquel tiempo, el corazón del país estaba pesado. Entre 1977 y 1979, las protestas de los sectores populares comenzaron a romper las barreras del miedo y de la censura para denunciar estafas y  corrupción estatal, injusticias laborales y salariales, represión política y organizativa, la falta de alternancia en el poder e incontables violaciones a los derechos humanos.

Era como una realidad paralela que ocurría de manera subterránea porque debido a la censura existente, no era de conocimiento general. Cualquier periodista, cualquier persona que denunciara lo que estaba pasando en ese mundo alterno era secuestrado, torturado y asesinado sin clemencia por los cuerpos de seguridad o por los Escuadrones de la Muerte. Cualquier medio de comunicación que hiciera esas denuncias sufría de atentados explosivos en sus instalaciones y era forzado a cerrar.

Pronto comenzó a desbordarse aquella situación. En las calles de San Salvador amanecían decenas de cadáveres boca abajo y en ropa interior, con las manos atrás amarradas por los pulgares y con abundantes signos de tortura. En la Puerta del Diablo eran lanzados los presos políticos para hacerlos pasar por suicidio. En El Playón y en el Acelhuate también aparecían cadáveres. Cadáveres en todas partes. Todos los días.

Las homilías de Monseñor Romero en la misa dominical de Catedral, se convirtieron en un espacio de denuncia. El único que existía, el único que era público. Era una suerte de noticiero espiritual del país, donde se informaba a la nación sobre esa realidad alterna. Nombraba a los desaparecidos, a los sacerdotes y catequistas asesinados; contaba cosas de las que se enteraba en sus visitas a las colonias marginales, a los tugurios y pueblos alejados; hablaba de los testimonios y denuncias que se recopilaban en el Socorro Jurídico del Arzobispado.

Monseñor advirtió sobre el profundo estado de desigualdad social que existía y que debía ser atendido de inmediato para evitar una explosión de violencia. Por ello, comenzó a ser amenazado de muerte.

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"Mar de libros viejos", foto de Richie Rich en Flickr. (Licencia Creative Commons CC BY 2.0)

La libertad del lector

Hace un par de semanas recibí un mensaje de una alumna que estudia 2º año de bachillerato en un colegio capitalino. En tono desesperado, me solicitaba le enviara “una especie de autobiografía” (sic), porque para su clase de literatura le habían asignado “personificar” a la escritora Jacinta Escudos.

Pocos días después, me envió otro mensaje, más corto pero más desesperado que el primero, urgiéndome a enviarle la autobiografía. Supongo que su plazo se estaba cerrando y que la alumna esperaba mi respuesta para comenzar a hacer su tarea de memorización y actuación.

No contesté dicha solicitud porque no supe bien qué decir. Lo que la mencionada alumna me estaba pidiendo era, prácticamente, que le hiciera la tarea. Pensé que no tengo el más mínimo deseo ni intención de escribir una autobiografía, ni corta ni larga. Por lo tanto decidí no acceder a su petición.

No sé cuál sea el objeto de una tarea semejante. Supongo que el profesor trató de hacer algo llamativo, como parte del programa de literatura. Pero estoy segura de que puede hacerse cosas más interesantes y lúdicas con la enseñanza de la literatura, sin que los alumnos tengan que ser sometidos al tedio de fingir que son algún escritor. En todo caso, ser escritor no es nada especial ni mucho menos emocionante como para representarse ante una audiencia, créanme.

Para fines de estudio puede resultar útil saber algo sobre la vida de un escritor y ubicar su obra dentro de un contexto histórico. ¿Pero por qué no dejar el canon para los académicos y permitir que la juventud se enamore rabiosa y apasionadamente de los libros? ¿Por qué no se enfoca la enseñanza de la literatura en transmitir la magia que emana de los libros y de sus historias? ¿Por qué en vez de enfocarnos en programaciones y cumplimiento de metas, nos enfocamos en que el estudiantado se enamore de la lectura? ¿Por qué no jugamos a que la literatura es algo emocionante?

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Menos monumentos, más árboles

Jaguar la cuchilla

Lo que será una estatua de jaguar, en La Cuchilla, Carretera Panamericana. (Foto de la autora).

El pasado 22 de abril se inauguró en San Salvador un monumento llamado “Homenaje a la memoria”. Está ubicado en un espacio entre la Avenida Jerusalén y el Boulevard Monseñor Romero. El conjunto escultórico, elaborado por Guillermo Perdomo, consta de 96 figuras de troncos talados, hechos en concreto pigmentado, con medidas de entre 70 centímetros a 2.5 metros de altura.

Según la explicación del escultor, publicada en la página web de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, el conjunto muestra “un panorama triste, sombrío, caluroso, árido, lleno de troncos secos, ausentes y grises, que reflejan la destrucción ambiental”. Pero el monumento tiene una doble función, ya que también sirve como homenaje “a las personas que murieron en el holocausto contra el pueblo judío, durante la II Guerra Mundial, razón por la cual los troncos tienen una inclinación hacia el este, donde se encuentra la ciudad de Jerusalén”, según las palabras de Perdomo.

No sé cuál es la relación entre el holocausto y la tala indiscriminada de árboles en El Salvador, y no voy a intentar dilucidarlo. Pero me resulta incomprensible que para recordar el deterioro de nuestro medio ambiente se tengan que mandar a hacer 96 esculturas de concreto que simulan ser troncos cortados. Digo, hubiera sido mucho más original sembrar allí 96 árboles reales para construir un monumento vivo, y que precisamente por su naturaleza de monumento, fuera prohibido cortarlos.

De unos años para acá ha habido no sé qué afán por construir monumentos que pasan por sacrificar árboles e intervenir el espacio público con esculturas de mal gusto estético, ubicados en lugares inconvenientes o que desestimulan la recreación ciudadana. Menciono algunos casos.

Allí donde la Carretera Panamericana se divide y comienza la comunidad La Cuchilla, a pocos pasos de los centros comerciales que sustituyeron buena parte del bosque de El Espino, en una isla de retorno, había tres arbolitos que fueron cortados; la isla fue cubierta de grama y se trabaja ahí desde hace meses, sin final aparente, una estatua de jaguar. Los arbolitos fueron tirados como basura en el puente de la quebrada de enfrente. Siendo árboles jóvenes, ¿no pudieron haberse trasplantado? ¿No podía construirse la estatua sin necesidad de cortar los árboles?

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La paloma

Currucucucú

Estoy lista para sentarme a escribir esta columna. Reviso apuntes. Trato de aterrizar uno de los tres temas que tengo en mente. Abro la plantilla correspondiente en la compu. En ese momento, una paloma de monte aterriza en el balcón de la ventana que tengo junto a mi escritorio.

Me quedo inmóvil, con los dedos sobre el teclado, viéndola. Ella ladea la cabeza con movimientos cortos, intentando ver hacia adentro a través del vidrio cerrado. Me pregunto qué pensará la paloma al ver dos paredes forradas de libros y un par de sillas. Se preguntará por la falta de árboles, por la falta de agua, por la falta de flores.

La paloma voltea ahora hacia la calle. Sigo quieta, observándola, tratando de imaginar lo que piensa. Algo en su actitud me hace creer que anda construyendo nido. Que busca materiales que le sean útiles.

Pienso en una paloma de la misma especie que estaba echada sobre su nido en un árbol de arrayán. La vi hace un par de semanas en el jardín de la casa de Alguien. Sentados sobre la grama, le conté a Alguien sobre la guacalchía que hizo su nido en el cruce de cables de un poste a la par de mi casa y que cada tarde, puntual a las 5:20, llega al cable más cercano, parlanchinea un rato como sólo una guacalchía sabe hacerlo (con aquel ahínco, con aquella alegría), y salta hacia adentro del nido como si fuera un conejito entrando en una cueva. Pocos minutos después, silenciosa, aparece la pareja de la guacalchía, igual de vigilante e inquieta, pero silenciosa, deslizándose adentro del nido para dormir la noche, a pesar del tráfico y del brillo del alumbrado público.

También le conté a Alguien sobre los benteveos que han construido su nido en uno de los tubos de un anuncio monumental que tengo aquí, a un costado de la casa, como un péndulo mortal que nos amenaza de forma permanente. Maldita vida urbana. Es por ello que ahora el pajarito de la montaña ya no hace en el hueco de un árbol su nido matinal sino en el hueco de un tubo metálico, en el nudo de los cables telefónicos, en los aleros de las casas, en los cielos rasos perforados, entre hierro y concreto.

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