La paloma

Currucucucú

Estoy lista para sentarme a escribir esta columna. Reviso apuntes. Trato de aterrizar uno de los tres temas que tengo en mente. Abro la plantilla correspondiente en la compu. En ese momento, una paloma de monte aterriza en el balcón de la ventana que tengo junto a mi escritorio.

Me quedo inmóvil, con los dedos sobre el teclado, viéndola. Ella ladea la cabeza con movimientos cortos, intentando ver hacia adentro a través del vidrio cerrado. Me pregunto qué pensará la paloma al ver dos paredes forradas de libros y un par de sillas. Se preguntará por la falta de árboles, por la falta de agua, por la falta de flores.

La paloma voltea ahora hacia la calle. Sigo quieta, observándola, tratando de imaginar lo que piensa. Algo en su actitud me hace creer que anda construyendo nido. Que busca materiales que le sean útiles.

Pienso en una paloma de la misma especie que estaba echada sobre su nido en un árbol de arrayán. La vi hace un par de semanas en el jardín de la casa de Alguien. Sentados sobre la grama, le conté a Alguien sobre la guacalchía que hizo su nido en el cruce de cables de un poste a la par de mi casa y que cada tarde, puntual a las 5:20, llega al cable más cercano, parlanchinea un rato como sólo una guacalchía sabe hacerlo (con aquel ahínco, con aquella alegría), y salta hacia adentro del nido como si fuera un conejito entrando en una cueva. Pocos minutos después, silenciosa, aparece la pareja de la guacalchía, igual de vigilante e inquieta, pero silenciosa, deslizándose adentro del nido para dormir la noche, a pesar del tráfico y del brillo del alumbrado público.

También le conté a Alguien sobre los benteveos que han construido su nido en uno de los tubos de un anuncio monumental que tengo aquí, a un costado de la casa, como un péndulo mortal que nos amenaza de forma permanente. Maldita vida urbana. Es por ello que ahora el pajarito de la montaña ya no hace en el hueco de un árbol su nido matinal sino en el hueco de un tubo metálico, en el nudo de los cables telefónicos, en los aleros de las casas, en los cielos rasos perforados, entre hierro y concreto.

Continue reading

Image

Pronto: El asesino melancólico de Jacinta Escudos

PORTADA EL ASESINO MELANCOLICOEl pasado lunes me confirmaron por parte de la editorial que mi novela El asesino melancólico, ya salió de imprenta. No he visto el libro en físico todavía, pero les comparto el diseño de portada. Mis agradecimientos a Sergio Ramírez y Mauricio Orellana Suárez, por sus generosos comentarios sobre la novela citados en la contraportada. También mi agradecimiento a Sandro Stivella por mi foto de solapa. Y también a todo el equipo de Random House, que en medio de la fusión con los sellos del Grupo Prisa, continuó con el trabajo de producción del libro.

A partir de mayo, la novela estará disponible en librerías de México y Centroamérica. Por el momento, desconozco precio de venta al público, nombres específicos de librerías o fechas de presentaciones, pero en su debido momento compartiré la información. También habrá versión e-book (costará $7.99, pero todavía no está disponible para la venta).

Gracias por la paciencia, por estar pendientes y por la expectativa de todos.

Fotografías

Foto dañada.

La foto dañada.

Buscando algo en unas cajas llenas de papeles, encontré lo que pensé perdido: fotos de los años 80, de cuando trabajaba en Río San Juan, Nicaragua. La emoción duró poco. Cuando las saqué del sobre, descubrí que estaban pegadas. Ni siquiera hice el intento de separarlas porque temí se dañaran aún más. Sólo podía consolarme viendo la foto de encima, también dañada: se ve a un hombre alto y flaco llamado Donald, un panguero que me acompañó numerosas veces en mis viajes de trabajo por el río; yo a su lado, con un cigarro en la mano izquierda y con unas botas militares coreanas que me ponía para andar por aquellos parajes. Estamos en el muelle de El Castillo de la Inmaculada Concepción. Detrás nuestro está el río.

Lamenté no poder salvar esas fotos. Ya están desteñidas, pero si lograra separarlas, podría escanearlas y guardar un archivo digital de ellas, para no perderlas del todo. Para aunque sea imaginar los colores y reconstruir el recuerdo cada vez que las vea.

Soy de la generación de cuando pocas personas tenían una cámara; de cuando tomar una fotografía implicaba tomar un rollo entero (de 12, 24 o 36 tomas). De cuando se vivía el ritual de esperar al revelado. La ansiedad de tenerlas. Recordarle a mi padre que no se olvidara de recoger las fotos. Por fin tenerlas en casa. La decepción de que alguna saliera borrosa o mal encuadrada. Verlas un par de días. Colocarlas en un álbum. Sacar el álbum para ilustrar una plática. Reír con las fotos. Llorar con los recuerdos de los que estaban en la foto pero ya no en la vida.

Mi padre era aficionado a la fotografía. Tenía varias cámaras que él compraba en las casas de empeño del centro de San Salvador. Estaba además suscrito a una revista llamada Modern Photography que recibía cada mes desde los Estados Unidos y que él estudiaba, como si entre sus páginas pudiera encontrarse la clave para descubrir el Santo Grial.

Yo era una de sus principales víctimas, el sujeto de sus experimentos fotográficos. Quizás es por eso que ahora de adulta no me gusta que me tomen fotos. Por el exceso al que fui sometida. Además, siempre me ha causado inquietud que me fotografíen, nunca he entendido bien por qué. Algunos pueblos indígenas creen que la fotografía roba una parte de tu alma. Que succiona tu energía. Que lo mejor es no tomarse fotos.

Continue reading

La renovación necesaria

No todo ha sido malo en el panorama político salvadoreño. De 1992 hasta el presente, los dos partidos mayoritarios, ARENA y FMLN, han tenido la cordura y la madurez para permitir la alternancia en el poder, sin las temidas consecuencias de los tiempos de las dictaduras militares anteriores a los 80, cuando cualquier crítica contra el gobierno implicaba un riesgo real de muerte. Consuela un poco saber que el trauma que la guerra dejó en los salvadoreños, sirvió para lograr avances en la mejoría de los derechos humanos, la libertad de expresión y el ejercicio de la democracia.

Pero hay algo que de tan obvio, se nos olvida: los mencionados partidos fueron creados durante la guerra. Fueron organizaciones concebidas para enfrentar a un rival militar e ideológico, organizaciones creadas para luchar una guerra y ganarla, en el marco de la batalla decisiva entre “el comunismo internacional” y las fuerzas “capitalistas del imperialismo yanki”. Ya sabemos cuál fue el desenlace de ese proceso para nosotros: 75 mil muertos, miles de desaparecidos y exiliados, millones en pérdidas económicas, y el atraso y conmoción social que, irremediablemente, ocasiona un suceso de tal magnitud.

Uno de los enfoques utilizados para atacar a los rivales políticos en la pasada campaña electoral, fue la edad de los candidatos. Hay quienes creen que a partir de cierta edad, el ser humano se convierte en un bulto inútil. Hay otros que creen que porque se es joven no se tiene capacidad para asumir grandes responsabilidades. Buena parte de la ciudadanía repetía aquella frase de que “los dinosaurios” debían irse y dar paso a los jóvenes para gobernar.

Estoy convencida de que el valor del ser humano y sus capacidades laborales no residen en su edad biológica, su sexo, su apariencia, sus haberes, su preferencia sexual, su creencia espiritual, su título universitario o ausencia del mismo. Así es que cuando escucho esa frase de los dinosaurios, quiero pensar que se refiere al hecho de que los políticos que no han sabido modernizar su ideología y que la siguen viviendo igual que en los tiempos de la fundación de su partido, deberían actualizarse, darle una sacudida profunda a sus organizaciones, tomar decisiones audaces y renovar sus propuestas, a la luz de los tiempos actuales.

Continue reading

Sueño de una tarde en Coatepeque

 

La Casa de la Cultura de Coatepque, cerrada un viernes por la tarde. (Foto de la autora).

La Casa de la Cultura de Coatepque, cerrada un viernes por la tarde. (Foto de la autora).

Hace pocos días tuve la oportunidad de visitar la ciudad de Coatepeque, en el departamento de Santa Ana. Es un lugar apacible, de ritmo tranquilo, donde todos se conocen y saludan por la calle. Enrique, la persona que me invitó a ir, me contó algunas historias del lugar, incluidas leyendas de apariciones y fantasmas que se murmuran entre vecinos. Me enseñó fotos de cuando las calles todavía eran de piedra. Y me contó sobre un viaje familiar en tren hasta Acajutla, cuando él era un muchachito de 11 años.

Cuando fuimos a caminar por el centro, nos topamos con el clásico escenario de un pueblo en medio de fiestas locales. Se celebraba la romería del Jesús de los Milagros. Ruedas, carruseles; tiendas de lonas de colores y plásticos negros vendiendo churros, plátanos y yuca; las pirámides y los mosaicos multicolor de los dulces y conservas; los rostros de los “feriantes”, como llamaba el abuelo de Enrique a los vendedores que iban de pueblo en pueblo y de fiesta patronal en fiesta patronal; los niños pululando acá y allá, excitados por la presencia de los juegos mecánicos y la abundancia de golosinas.

Pasamos por el parque. Vimos el busto del Capitán General Gerardo Barrios, quien defendió la soberanía nacional de un intento de invasión por parte del ejército guatemalteco en 1863, en la famosa Batalla de Coatepeque. Luego nos sentamos en una banca.

Enrique me hizo notar que justo enfrente de nosotros estaba la Casa de la Cultura. El lugar estaba cerrado. Era un viernes, las 3:15 de la tarde, es decir, un horario en que se supone que una dependencia estatal debería de estar abierta y funcionando. Me dijo que “casi siempre está así” y que es como si no existiera porque no tiene actividades que incidan de manera alguna en la vida cultural de la localidad.

Después del cúmulo de frases condenatorias al hecho, sentados en la banca y viendo la puerta negra cerrada del local, mientras la tarde avanzaba perezosa, comenzamos a soñar despiertos con todo lo que haríamos si nosotros la dirigiéramos. Tratamos de pensar en actividades de bajo presupuesto que pudieran organizarse con el apoyo de todos los sectores de la comunidad, como la Alcaldía, las iglesias y negocios o figuras prominentes de la ciudad.

Continue reading

Por amor al cine

Desde hace meses, varios amigos que viven en el exterior me habían escrito correos electrónicos para recomendarme una película argentina llamada Relatos salvajes. A todos les respondí diciendo exactamente lo mismo: “Esa película jamás la van a traer a El Salvador, porque ese tipo de cine jamás lo presentan acá”.

Cuál fue mi sorpresa cuando hace pocos días, un amigo me avisó que Relatos salvajes estaba de estreno en los cines salvadoreños. Fui a verla esa misma noche. La prisa por ir era porque me ha pasado que, cuando por obra y milagro de la Virgen de la Candelaria en este país se presenta una película de calidad, permanece muy corto tiempo en cartelera. Por la vehemencia con que me habían hecho la recomendación, ésta no me la iba a perder bajo ningún concepto.

Cuando llegamos al cine, mi acompañante y yo nos sorprendimos de no ver el afiche correspondiente a la película en las marquesinas. Pensamos que quizás nos habíamos equivocado y que no era ahí donde se presentaba. Pero viendo la cartelera interna, descubrimos que sí estaba anunciada. Algo desconcertados, compramos nuestros boletos. Cuando nos tocó seleccionar los asientos, vimos que sólo había otros dos vendidos.

Esa misma noche era el estreno de Cincuenta sombras de Grey. Los pasillos del cine estaban inundados de una multitud de niñas bonitas, que con una excitación desmesurada, se tomaban fotos junto a los promocionales gigantes de las películas para subirlas al feis. No he leído los libros de E.L. James, porque me han dicho que no son muy buenos. Pero me atrevo a sugerir que si a usted le interesan el erotismo y las prácticas sadomasoquistas, lea La historia de O de Pauline Réage, La historia del ojo de Georges Bataille o alguno de los libros del Marqués de Sade. Entonces sabrá lo que es el erotismo literario en serio.

Continue reading