Los rostros de Sachsenhausen

Hacía viento la mañana en que leí aquello de “Arbeit macht frei” (el trabajo os hará libres), en la entrada del campo de concentración de Sachsenhausen. Las palabras estaban forjadas en hierro, en la verja que separa el predio de la casa del comandante del campo del área de los prisioneros.

Al campo de concentración se llega por la “Lagerstrasse” o calle principal, junto a la cual todavía se conserva el muro original. Hay que imaginarse caminando por aquella calle siendo un judío, un gitano roma o sinti, un homosexual, un comunista o una persona considerada enemiga del Partido Nacional Socialista alemán, avanzando por aquella calle larga y recta, con el muro a la izquierda, mientras del lado derecho, los habitantes del vecino poblado de Oranienburg, en las afueras de la ciudad de Berlín, Alemania, lanzaban piedras, frutas podridas e insultos de todo tipo a los que caminaban hacia el interior del campo.

El lugar, hay que decirlo, es precioso. Lo visité en un soleado día de mayo, cuando ya los árboles habían retoñado plenamente, cuando los arbustos se habían revestido de hojas y llenado de olorosas flores, cuando los pájaros cantaban llenos de euforia ininterrumpidamente, todo el día. En un escenario así hay que imaginarse a miles de recién llegados que no tenían ni la menor idea del horror que habrían de vivir de allí en adelante, detrás de aquel muro.

Salvando las distancias y las situaciones, no pude evitar pensar en el paso de los prisioneros por el Puente de los Suspiros en Venecia. Era la misma dinámica. Cuando uno lo cruza, particularmente si lo hace también en primavera o verano, ve por unas pequeñas ventanas, el bullicio de una de las ciudades más bellas del planeta para luego bajar a las mazmorras más oscuras, húmedas y deprimentes que se pueda imaginar. Los prisioneros suspiraban al ver a Venecia, casi diríase sonriente bajo el sol, porque abajo les aguardaba el suplicio. Así nos castigamos los humanos unos a otros. Y a pesar de ello, nuestros crueles y tenebrosos castigos jamás serán suficientes para aprender a convivir en armonía.

En Sachsenhausen, la primera visión del campo de concentración para los prisioneros era la casa del comandante que estaba justo a la entrada y que tenía, al frente, una pequeña laguna artificial donde nadaban un par de cisnes. Más de alguno de los frecuentes comandantes que alternaron su mando por ahí mandó a hacer además un pequeño zoológico. Esta visión benevolente era lo último que los prisioneros del campo mirarían antes de cruzar la verja de hierro que les anunciaba que el trabajo los haría libres y que estaban convertidos, de una vez y por todas, en prisioneros del régimen más oprobioso que haya podido concebir mente humana alguna.

El campo de Sachsenhausen albergó, desde 1933 hasta su liberación en 1945, a más de 200 mil personas. Casi todos murieron a causa de enfermedades, los trabajos forzados, los malos tratos, el hambre y por las acciones sistemáticas de exterminio de la SS. Al momento de su liberación por los soldados soviéticos y polacos, quedaban allí 3 mil personas.

A pesar del asombro y el repudio causado por el descubrimiento de estos campos de exterminio, los soviéticos decidieron darle a los nazis una taza de su propio chocolate. Utilizaron éste y varios otros campos de concentración en Alemania y Polonia para mantener ahí a soldados, colaboradores, cuadros intermedios, delatores y miembros de menor rango del Partido Nacional Socialista alemán. Los campos de concentración continuaron siéndolo, esta vez, para los vencidos nazis.

Las condiciones no fueron mejores y la única diferencia con el trato a los prisioneros nazis fue que no existió “la solución final”, es decir, no hubo cámaras de gas ni fusilamientos ni acciones sistemáticas de eliminación. Por lo demás, se les alimentó mal, se les obligó a hacer trabajos forzados, se les dejaba en la nieve durante el invierno con ropa inadecuada y se hizo poco más o menos lo mismo con los nazis de lo que éstos habían hecho con los judíos.

Sachsenhausen se transformó entonces en el “Campo especial soviético” y se llegó a convertir en el más grande de los campos especiales en la zona de ocupación aliada. Hasta su desmantelamiento en 1950, hubo allí 60 mil prisioneros, de los cuales casi 12 mil murieron de enfermedades, frío y desnutrición.

No termina aquí la historia de este lugar. En los años de la Alemania dividida, la policía secreta alemana Stasi de la República Democrática, utilizó estas instalaciones para interrogar y encerrar a sus enemigos políticos. Pero de esto se tiene poca información y mucho menos cifras que compartir al público, aunque todavía pueden verse las celdas que fueron utilizadas con este propósito, las mismas que, en tiempos originales del campo, fueron las celdas de castigo de los prisioneros judíos. La corrección política y el espíritu de reunificación han corrido un velo de prudente silencio sobre este capítulo, un silencio que aún se mezcla con las profundas heridas de la II Guerra Mundial y que todavía no han sanado plenamente.

De las instalaciones originales, casi todo fue derribado por el gobierno de la República Democrática Alemana para construir un monumento conmemorativo. Apenas están en pie los muros originales, la casa del comandante, la comandancia, el depósito de cadáveres, la enfermería, un barracón reconstruido con materiales originales, un edificio de las celdas de castigo y las torres de vigilancia, así como el foso de fusilamiento donde fueron fusilados miles de víctimas, entre ellos 18 mil soldados soviéticos que en 10 semanas fueron sistemáticamente eliminados, en jornadas sin pausa, para “cumplir con la meta” por parte de los nazis.

A pesar de haber viajado numerosas veces y vivido varios años en Alemania, esta fue la primera vez que por fin me tomé el trabajo de visitar un campo de concentración. No es una visita fácil. Quiere estómago y cierta disposición de espíritu hacerlo.

Pero es importante visitar estos lugares porque lo único que conocemos de los campos de concentración a nivel visual es lo que nos viene masticado por las películas. Es impresionante tomar conciencia del tamaño real de estos campos, que es de varias manzanas. A pesar de ello, es un campo pequeño. Auschwitz u otros campos más renombrados son 3 o 4 veces más grandes.

Algunos pueden creer que es más valioso escuchar los testimonios de los sobrevivientes, ya que un lugar en ruinas no puede hablar y contar las historias de terror que allí se vivieron. Pero creo que siempre es bueno visitar estos lugares para darnos una idea real de su existencia y para acceder a información que de otra forma desconoceríamos.

Es impactante, por ejemplo, conocer la maqueta del campo de Sachsenhausen, hecha con una meticulosidad arquitectónica primorosa y perversa. Algo de belleza se buscaba en la ubicación de sus instalaciones en forma de circular, y nada fue dejado a la improvisación.

Tampoco deja de ser perturbadora su ubicación tan cercana a la población de Oranienburg, cuyos habitantes se aprovechaban económicamente de la presencia del campo de concentración: vendían sus alimentos y sus servicios a los nazis y se beneficiaban del trabajo de los prisioneros.

También existían servicios de prostitución: prisioneras judías del cercano campo de concentración de mujeres de Ravensburg eran traídas para ser prostituidas junto con las de Sachsenhausen. Sus servicios eran requeridos no sólo por algunos oficiales nazis estacionados en la zona, sino también por algunos prisioneros judíos pudientes o prisioneros no judíos. Por supuesto, las presas no recibían dinero por ser explotadas, sino raciones de comida adicionales o favores especiales como dispensas para no trabajar.

A medida que los sobrevivientes de los campos de concentración van falleciendo, se hace más imperativo repetir el testimonio de lo que vivieron. Porque desafortunadamente el movimiento Neo-nazi en Alemania es uno que sigue funcionando y tiene aspiraciones políticas serias. Sus planteamientos son los mismos, esta vez dirigidos en contra de los miles de extranjeros de diferentes nacionalidades que viven en aquel país y que han convertido a Alemania en un interesante mosaico multicultural, cuyo máximo exponente sea quizás su capital, Berlín.

Y es necesario seguir recordando el horror de los campos de concentración. Recordar para no olvidar, para no repetir el horror, aunque no tengamos ganas de saber de ello, aunque vivamos en una realidad totalmente distante, aunque creamos que ese horror nunca volverá a repetirse, porque la verdad es que la memoria del ser humano es corta y frágil.

Nosotros, que hemos vivido la guerra, podríamos bien aprender de aquel espanto y reflexionar sobre nuestro propio horror para impedir que vuelva a ocurrir, ni aquí ni en ninguna parte nunca más.

(En la foto, el portón de entrada; al fondo, a la derecha, el monumento construido por el gobierno de la República Democrática Alemana. Mañana en este blog, fotos de la visita. Publicado en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 12 de junio 2011).

3 thoughts on “Los rostros de Sachsenhausen

  1. Estupenda columna. ¿Comentar o no comentar? Desde anteayer medito esta cuestión. El tema granjea resquemores. Y de él señalar los puntos en que converjo con usted, no es, digo, imprescindible. Mas conste que son bastantes. Así que vayamos a uno de mis desacuerdos. Por cierto son pocos. Su siguiente frase me cuesta interpretarla: ‘A pesar del asombro y el repudio causado por el descubrimiento de estos campos de exterminio, los soviéticos decidieron darle a los nazis una taza de su propio chocolate’. Pues deduzco que en su opinión los soviéticos actuaron contra su propio gusto y voluntad, y obviamente contra la resistencia de los nazis. Lo segundo lo acepto pero lo primero ¡no!. Para la fecha en que los soviéticos y los polacos liberaron ese campo, el sistema gulag bajo la dirección de la CGAI de la URSS ya había despachado al otro mundo a varios millones de personas. La única diferencia fue que prescindieron de las cámaras de gas. Si fueron 15 o si fueron 60 millones de seres humanos asesinados, eso no importa; al final aquello fue algo igualmente inmundo, o quizá más. Hace unos años visité el óblast de Samara y el de Chelyabinsk, así como sus capitales. Ambas muy lindas. De la ciudad de Samara fueron deportados en 1941 a la de Chelyabinsk, todos los alemanes (rusos en realidad) del Volga que residían en ella. E igual, el resto de esos ‘alemanes’ pero residentes en otras ciudades fueron a dar allá. Ese gulag (el de Chelyabinsk) era gigantesco: millones de manzanas de terreno. Y vaya que es un lugar hermosísimo. Los soviéticos metieron en la mayoría de sus gulag personas de las etnias y nacionalidades más diversas. Ahora bien, a estos ‘alemanes’ los menciono porque encarnan el cinismo con que se examina la inopia moral ‘estalinista'; aunque Stalin fue sólo un eslabón en todo esto. Para la fecha en que se liberó Sachsenhausen, en Chelyabinsk ya habían muerto miles de aquellos ‘alemanes’ así como miles en total del resto de nacionalidades, incluidos polacos. Es decir que los ‘alemanes’ fueron el grupo más numeroso en aquel gulag. Un Cerebro portentoso como el del historiador inglés Edward Hallett Carr, supo idear una justificación estratégica para casi todo crimen realizado antes, durante y después de la segunda guerra, a expensas del gobierno soviético y del comite central del partido. Y buena parte de los argumentos justificativos de Carr son los que a ésta fecha continúan esgrimiéndose. Basura. Por éste motivo considero más oprobioso al régimen soviético que al nazi. En Samara, murió en la horca en 1937 el gran escritor ruso Iakov Braun. Visité el sitio de su ejecución en mi visita a la ciudad. Desolador. Braun, un socialista y libre pensador, objeto de la ignomina por parte del partido, deambuló de gulag en gulag, cuasi fue redimido una que otra vez para luego y en cada ocasión devolverlo al muladar (todo como parte de las tácticas de terror sicológico propias de la época), y, finalmente acusado de terrorismo y condenado a la muerte. Ese fue el destino de miles y miles y miles y miles de personas en aquel monstruo llamado Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas. Dudo que los soviéticos que liberaron Sachsenhausen se sintieran asombrados de lo que vieron ahí. Para esa fecha los miembros del ejercito rojo estaban bastante acostumbrado al exterminio, tanto o más que sus pares nazis.

    • No pretendo explicar lo escrito, nada más diré que en cuanto al asombro y al repudio me refería al de los aliados y al de algunos sectores en general, aunque ya sabemos que muchos sabían de la existencia de los campos de concentración y prefirieron voltear sus ojos para “no verlo”. Creo que el asombro provenía más bien de verlo con los propios ojos pese a que se sabía que los campos existían.
      En cuanto a los soviéticos, en ningún momento me meto a defenderlos. Las atrocidades que cometieron en su propio país, y luego en los países ocupados hablan por sí mismas, incluidos los campos en los que metieron a los nazis.
      Gracias por su comentario.

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