Carta abierta a Tigo El Salvador

 Estimados señores de Tigo El Salvador:

La presente es para comunicarles mi malestar ante el retiro del canal Film & Arts de su parrilla de programación. No es la primera vez que pasa, y seguro tampoco la última, que cuando un cliente va a buscar uno de sus canales preferidos, resulta que “desaparecieron”. Hace unos meses se pasó por EuroChannel una película sobre la vida del escritor franco-argelino Albert Camus, que recibió muchos elogios. Pero cuando fui a buscar el canal para verla, resultó que el canal ya no estaba en la programación. Igual me pasó con el paquete de pago HBO, donde uno de los canales que pasaba películas independientes fue sustituido por uno de películas de acción de octava categoría, es decir, películas con actores y directores desconocidos que son remakes de películas conocidas y que simple y sencillamente son muy malas.

Son muchos los ejemplos de canales que han sido retirados en los últimos años, de tal manera que de los que habían cuando yo firmé mi contrato, muchos han sido retirados y sustituidos por otros de menor calidad y de una línea totalmente distinta, sin aviso y sin consulta previa.

Algunos amigos míos se han comunicado con su empresa y han recibido explicaciones contradictorias sobre el retiro del canal Film & Arts. A una persona le dijeron que había vencido el contrato. A otra, que el proveedor internacional había cancelado la emisión para los países de Latinoamérica. Lo extraño es que el canal sigue funcionando en las otras empresas proveedoras de cable. Y si el asunto es vencimiento de contrato, ¿por qué no se renueva?

Algo que me resulta inexplicable es el criterio con el cual se sustituyen los canales. Porque las sustituciones ni son de la misma línea de emisión ni son de la misma calidad, a excepción en este reciente cambio, del Sundance Channel, un canal de cine y documentales independientes. Pero no me quiero entusiasmar mucho con este canal porque así como hoy lo pusieron, mañana son capaces de volverlo a quitar.

Revisando su página en Facebook, veo que muy alegremente anuncian “los nuevos canales” que tienen en programación, sin decir que son los que sustituyen a los que quitaron. Son canales de un contenido muy diferente y que, repito, no están a la altura. Por ejemplo, DHE, un canal desconocido, y que por lo demás, pasa películas que ya hemos visto hasta la saciedad en otros canales y para colmo, las pasa dobladas al español.

Esa es otra práctica lamentable del criterio con el que seleccionan los canales. Ustedes contratan “canales para Latinoamérica”, lo cual supone la mayor parte de las veces canales en español con series o películas dobladas, como si no fuéramos capaces de leer subtítulos. No toman en consideración que la voz original del actor es parte de su trabajo artístico y que aporta al valor de la película y al gozo del espectador apreciar un trabajo actoral en su idioma original, aunque sea en japonés, rumano o noruego, idiomas que no hablo, pero que me permiten apreciar los rangos de intensidad de la actuación, rangos que, por muy buenos que sean los doblajes, nunca son iguales a los de los actores originales.

Comprendo que ustedes no son una fundación preocupada por la promoción de la cultura en El Salvador. No nos engañemos. Ustedes son una empresa comercial que vende un servicio. Su éxito comercial se basa en la cantidad de clientes que contratamos sus servicios y en las ganancias económicas que perciben por ello. Seguramente por eso, tienen escaso aprecio o interés sobre el valor de algunos canales que ofrecen y parten del prejuicio de que la mayoría de la población prefiere canales de deportes, películas de acción, telenovelas y series de televisión basura. Pero como empresa comercial que son, deberían tomar en cuenta que los clientes que pagamos puntualmente nuestras facturas tenemos derechos y además, no tenemos los mismos gustos ni los mismos intereses.

Los retiros y cambios de canales que han hecho en los últimos años prácticamente “me forzaron” a contratar dos paquetes adicionales de canales, porque la parrilla básica no tiene nada, repito, NADA que sea de mi interés personal. A pesar de esto, cada día son menos los canales que me parece ofrecen algo digno de verse debido a esos cambios arbitrarios que ustedes realizan.

Vivimos en un país donde el nivel de stress cotidiano es agotador y donde, para sobrevivir emocionalmente sin quebrarnos ni perder la razón, cada uno de nosotros debe encontrar pequeños espacios de felicidad personal que nos permitan olvidar la violencia y la desesperanza del país.

Para mí, como escritora, uno de esos espacios es el arte, la cultura, los libros, el cine, la música. Porque me permiten recordar que el ser humano no sólo destruye, miente, roba y asesina sino que también es capaz de crear belleza y de utilizar las diferentes expresiones artísticas como mecanismos de reflexión y de cambio de una sociedad. Los canales con contenido de alta calidad me informan, me motivan a la reflexión y hasta a la escritura. Además, los canales televisivos de primera calidad son una inmensa compensación ante la pírrica oferta cultural que hay en este país.

En ese sentido, canales como EuroChannel, Conaculta, Film & Arts y tantos otros que han retirado, eran espacios de verdadero consuelo e inspiración personal.

Una empresa triunfa y es exitosa debido, en gran medida, a cómo se relaciona con sus clientes. Una relación respetuosa, de puertas abiertas, de diálogo y de servicio al cliente es mucho más atractiva que una empresa que bloquea los mensajes de sus clientes y los silencia porque, al igual que muchos políticos en este país, no soporta que se les haga una crítica constructiva o un justo reclamo. No olviden que “el cliente siempre tiene la razón”. Nosotros pagamos por un servicio. Ustedes tienen obligación de brindarlo a satisfacción.

Me suscribo esperando que reconsideren sus decisiones y que, de ser posible, nos permitan abrir el diálogo para encontrar una alternativa satisfactoria a esta petición que yo (y muchos más) tenemos como clientes de su empresa. Por mi parte, si no restablecen los canales retirados, me reservo el derecho de reconsiderar si continúo mi contrato de televisión por cable con ustedes, ya que la relación costo-beneficio de su programación actual no me es satisfactoria.

Atentamente,

Jacinta Escudos

Triste nuestro país

Permítanme contar algo que me ocurrió hace poco. Regresaba de una reunión de trabajo, poco antes de las ocho de la noche. Mientras abría la puerta de mi casa escuché una voz a mis espaldas. Vi que un hombre hablaba con el amigo que me había llevado. Lo vi decir que no, subir el vidrio del carro e irse aprisa sin esperar a que yo entrara, como suele ser su costumbre.

Ese gesto activó mis alarmas. Por desgracia vivimos en un país donde la paranoia es un recurso necesario de sobrevivencia. Me apuré a abrir la reja y la puerta pero como son varias cerraduras, entrar no es tan rápido. El hombre, que llevaba un huacal bajo el brazo, se acercó. Me dijo que si le podía dar dinero para irse a San Martín. Le dije que no tenía.

Ya había entrado a la casa pero todavía tenía que echar llave a la reja y la puerta. El hombre, que se quedó a la mitad del parqueo de mi casa, insistió. Dijo que lo habían asaltado. Que no quería hacerme daño. Que lo único que quería era unas monedas para pagar el pasaje de bus e irse a su casa.

“Soy un vendedor de requesón. Y me asaltaron. Me robaron la venta del día. Mire la hora que es y yo todavía estoy aquí. No tengo ni una moneda para pagar el pasaje. Le vengo pidiendo a varias personas pero nadie me ha dado nada. Les da miedo. Piensan que los voy a asaltar. Y lo único que quiero es encontrar la manera de irme a mi casa. Soy un hombre trabajador, siempre he trabajado pero me dejaron sin nada. Viera qué difícil es esto de andar pidiendo dinero, uno tiene su dignidad, pero no puedo hacer otra cosa”. Entonces el hombre rompió en llanto.

Soy un vendedor de requesón. Y me asaltaron. Me robaron la venta del día.

Primero pensé que estaba fingiendo. Total, cualquiera puede hacer el mate de llorar. Me quedé parada observándolo, ya con la reja enllavada y pensando en lo que me había dicho. Ver a un hombre llorar me conmociona mucho porque, ustedes saben, “los hombres no deben llorar”. Y para que un hombre llore o se deje ver llorando (con la excepción de los borrachos en las cantinas), es bien difícil. De remate, soy “corazón de pollo”.

Su llanto y su angustia me parecieron auténticos. Por desgracia, más de una vez, me he topado con gente recién asaltada en la calle que me piden algo y que estallan en llanto, producto del momento de tensión y agresión que acaban de pasar. Entonces recordé algo que había leído ese mismo día por la mañana.

El fotoperiodista Francisco Campos publicó en Facebook un par de fotos y la explicación a las mismas. Un hombre que había sido baleado buscó ayuda en un taller de reparación de llantas pero el encargado optó por arrastrarlo hasta la calle, se supone que para evitarse problemas. Momentos después, el baleado murió en manos de los socorristas. “Triste mi país”, concluía Campos.

Los comentarios no se hicieron esperar. La abrumadora mayoría condenaba al encargado de la llantería por no ayudar al baleado. Se hablaba de la falta de solidaridad y de lo deshumanizados que estamos gracias a la violencia. Por supuesto hubo quienes cuestionaron al baleado y aprobaron la situación (“a saber en qué andaba metido”, “una rata menos”). También cuestionaron a Campos por tomar la foto pero no ayudar al baleado, sin saber que el fotoperiodista pasaba por ahí en un vehículo, tomó las fotos y llamó a los Comandos de Salvamento. No faltó el abogado del diablo que hizo la siguiente pregunta: “Seamos sinceros: si un baleado llegara hasta la puerta de su casa a pedir ayuda, ¿ustedes qué harían?”.

“Seamos sinceros: si un baleado llegara hasta la puerta de su casa a pedir ayuda, ¿ustedes qué harían?”.

Esa pregunta me quedó resonando en la cabeza durante casi todo el día. Y en efecto, me pregunté qué haría yo si tuviera a mi puerta a un baleado. ¿Lo dejaría entrar para que quienes lo estuvieran siguiendo no lo terminaran de matar? ¿Le daría los primeros auxilios en la calle? ¿Lo dejaría afuera y nada más llamaría a las autoridades? ¿Qué haría yo?

Es cierto. La situación de inseguridad general y de violencia en la que vivimos, donde la mayoría estamos expuestos a tomar decisiones complicadas como estas, nos hace pensar primero en las consecuencias personales que tendría el ayudar al prójimo. Y nuestra reacción instintiva es cuidar nuestro propio pellejo primero.

Soy sincera y diré que no tengo idea de lo que haría yo en una circunstancia semejante. Pero todos esos comentarios que había leído sobre nuestra falta de solidaridad y nuestra deshumanización me cayeron encima ante el vendedor de requesón que lloraba pidiéndome un par de monedas. Podía ser un mentiroso y un gran actor. Podía ser un asaltante. Pero ¿qué tal si su historia era cierta y realmente necesitaba monedas para irse a su casa?

Decidí ayudarlo a pesar de mi temor. El hecho de estar ya con la verja cerrada no me garantizaba que debajo del trapo que llevaba en el huacal ocultara un cuchillo o, peor aún, una pistola. Decidí jugármela.

El hombre, al ver que yo buscaba las monedas se fue acercando. Seguía llorando y contándome sus cuitas. Demasiadas veces en la vida he estado en profundas angustias económicas yo misma, así es que comprendía muy bien la suya.

Cuando el hombre ya estaba en las graditas de la entrada me dijo: “mire, no le miento”. Hizo un movimiento para levantar los trapos que llevaba en el huacal. Pensé que era para sacar un arma. Pero al levantarlos, vi el fondo del huacal, con algunos rastros de requesón.

Le di un par de dólares. El hombre se deshizo en agradecimientos y bendiciones. La alegría con la que reaccionó se confundía con su voz todavía quebrada por el llanto. Se fue feliz, o por lo menos, aliviado por poder volver a su hogar. “Cuídese”, le dije cuando ya se iba.

Campos tiene razón. Triste nuestro país.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 17 de agosto, 2014).

Conjuro inútil

Campo de batalla durante la Primera Guerra Mundial. (Tomado de The Telegraph).

No sé dónde ocurre el asunto. En qué tiempo, en qué lugar. Hay una roca inmensa, larga, aplanada. Sobre ella están sentados dos soldados. Son de ejércitos rivales. Ninguno habla. El campo alrededor se mira devastado. Árido. Seco. No se mira ni un árbol. Ninguna señal de vida.

Uno, el que está en el borde de atrás, lleva puesto un uniforme verde olivo de tela muy tosca. El otro, el que está sentado al frente, lleva un uniforme café rojizo, también de tela burda. Ambos se dan la espalda. Están apoyados contra sus fusiles. Los fusiles tienen acoplada la bayoneta. Ambos llevan puesto un casco. Se miran agotados. Hastiados.

En el centro de la roca hay un libro. Es la novela El gran cuaderno de la escritora húngara Agota Kristof.

Los soldados contemplan la desolación alrededor. No dicen nada. Ambos se dan la espalda. Cada quien mira el espacio que tiene por delante. Pero lo que miran no es muy diferente porque todo lo que el ojo abarca está devastado por igual.

El de atrás mira de reojo al de adelante. Se da un poco la vuelta y descubre el libro. Le pregunta al otro si lo ha leído. El otro contesta que sí. Comienzan a hablar sobre la novela. Sin mirarse. Sin mirar el libro. Sin tocarlo. Manteniendo fija la vista sobre el paisaje destrozado.

La charla comienza con monosílabos. Con frases cortas y largos silencios. Poco a poco la charla se anima y ambos soldados, enemigos, hablan como si fueran viejos amigos. Uno saca un cigarrillo. Le ofrece al otro. Fuman. Por fin se dan la vuelta y se miran de frente. Siguen sosteniendo los fusiles pero discuten sobre la novela con entusiasmo. Entonces desperté.

El sueño me dejó muy pensativa. Los soldados parecían ser de la I Guerra Mundial. Pero la novela de Kristof era un anacronismo propio de los sueños, porque fue publicada en 1986. Es una de mis novelas favoritas, una historia muy dura que habla sobre el infortunio de un par de gemelos que son llevados a la casa de su abuela hacia el fin de la II Guerra Mundial. Quizás el detalle apareció en el sueño porque hace poco vi la excelente adaptación cinematográfica del libro.

También supuse que soñé con aquellos soldados porque estoy viendo muchos documentales y fotografías sobre el centenario de la I Guerra Mundial. Desde hace un par de años vengo estudiando de manera casi obsesiva las dos guerras mundiales. No sé qué busco.

Mentira. Sí lo sé. Busco explicaciones. Busco comprender varios asuntos familiares. Quiero comprender por qué ocurren las guerras. Y cómo esas guerras tuercen la vida y el destino de los individuos y de los pueblos. Cómo las guerras destruyen la personalidad de los que tienen que vivirla, sea como combatientes, sea como civiles. Cómo las guerras dejan las almas de los sobrevivientes rotas para siempre, atravesadas por un dolor tan profundo que no existe bálsamo alguno para su cura.

Busco entender por qué la gente comienza a matarse. De dónde sale tanto odio, tanta dureza. Por qué se alza un ser humano contra otro. ¿Qué razón puede ser tan poderosa como para que la gente se mate? ¿La patria, la raza, el honor, la ideología, la religión, el dinero, el poder, el territorio, el apellido? ¿De veras son tan importantes esas cosas como para destruir naciones, ciudades, familias, para matar a todo el que se ponga por delante, no importando su edad, no importando quien sea? ¿Hay algo tan importante como para destruirlo todo, sin clemencia alguna?

Mientras veo fotos de soldados cubiertos de tierra, usando máscaras de gas, hundidos en el barro de alguna trinchera europea a comienzos del siglo pasado, trato de entender. En qué momento se enloquece colectivamente. Y por qué los seres humanos hacemos guerras. Y nos matamos. Y hasta parece que disfrutamos de ello. Trato de imaginar la desolación de los soldados en aquella guerra. El miedo en las trincheras. El rugir de los cañones, las explosiones. El gas venenoso. La muerte en todas partes.

Trato de entender, mientras veo las expresiones de angustia y de dolor en las fotografías y los videos. Mientras miro la foto de una mujer llorando entre las ruinas de Berlín bombardeada en 1945, una mujer que bien podría ser mi abuela materna. Mientras miro las fotos de otra mujer, en un hospital de Gaza, en el 2014, con la túnica totalmente ensangrentada, llorando. Mientras miro las fotos de los niños, tantos niños, demasiados niños, destrozados por los misiles de Israel, sus cuerpecitos llenos de sangre y polvo.

Trato de entender y comprendo que ese dolor no es diferente al que se siente en Siria, en Nigeria, en Ruanda, en Afganistán, en Guatemala, en El Salvador. Trato de entender mientras veo la foto de un niño de 5 años lavando en un río de El Salvador las botas de hule manchadas de sangre de su padre asesinado este año. Trato de entender y conecto ese dolor con el de los masacrados del río Sumpul y con el de Rufina Amaya escuchando para siempre en su cabeza los gritos de sus hijos asesinados en El Mozote. Trato de entender mientras miro a un soldado nazi de 14 años, llorando al ser capturado por las fuerzas aliadas.

Quiero saber qué pasa más allá de la foto, del testimonio, de la filmación. Quiero arrancar de los rostros y de las expresiones de toda esa gente la historia del sufrimiento, del dolor, de la tristeza, de la miseria humana. Quiero interrogar esos rostros paralizados en la fotografía, exigirles una explicación, escuchar su verdad, saber cuándo, cómo, dónde diablos se perdió todo.

Quiero entender pero no lo logro. Entonces hago la única pequeña, miserable cosa que sé hacer. Escribo. Solamente escribo. Sabiendo de antemano que las palabras, la tristeza, la ira, la frustración, la impotencia, el desconcierto, la desesperanza que siento no servirán para conjurar la oscuridad de este tiempo que nos ha tocado vivir.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 3 de agosto 2014).

Cámara 038

Las palabras muertas

Uno de los retos que enfrenta quien se va a vivir a otro país es aprender otro idioma. Ese aprendizaje resulta abrumador en muchos sentidos porque al mismo tiempo se están aprendiendo multitud de cosas: se conoce el nuevo espacio que se habita, las costumbres locales, dónde y cómo se solucionan los asuntos domésticos. Se entablan relaciones nuevas, se crean otras rutinas. Este aprendizaje masivo y simultáneo en un entorno desconocido, puede resultar deprimente porque por mucho entusiasmo que se tenga con el nuevo país, nos provoca una desprotección emocional que nos hace sentir torpes. Buena parte de esa sensación pasa por el lenguaje y por la incapacidad de expresarnos de manera efectiva. Pero las dificultades de comunicación no se limitan al aprendizaje de un idioma diferente.

Cuando viví en Nicaragua era inevitable que al hablar se dieran cuenta de que no era nica. “Vos sos extranjera ¿verdad?”, me decían. Siempre me molestó que me llamaran así, porque ser extranjero implica una forma de exclusión: No es de aquí, no pertenece al colectivo, no habla como nosotros, es diferente.

Si iba al mercado y pedía un “güisquil”, las vendedoras no entendían lo que quería decir. Así es que recurría al lenguaje universal: señalar con el dedo lo que quería. Y resultaba que un “güisquil” era un “chayote”, corrección que las vendedoras me hacían con la misma severidad con la que un maestro reprende a un alumno.

Cuando me preguntaban por enésima vez si era extranjera, me reía y decía que no, que era “de aquí nomás, de a la vuelta: soy salvadoreña”. “A pues sí, es extranjera”, sentenciaban. Yo trataba de argumentar, invocando al espíritu de Francisco Morazán, que ser centroamericana no implicaba ser “extranjera” porque somos literalmente vecinos. Pero comprendí que Centroamérica es una noción utópica no asumida por los habitantes de la región y que las fronteras, además de ser geográficas, son mentales. Lo reconfirmé años después, cuando viví en Costa Rica, donde me pasó exactamente lo mismo.

Las fronteras, además de ser geográficas, son mentales.

Aprendí a disfrazar mi forma de hablar de la mejor manera posible. Opté por hablar en un español estándar que fuera comprensible para todos. Me había cansado de explicar no sólo qué significaba cada salvadoreñismo sino también por qué no vivía en mi propio país. Eso implicó aprender los localismos de ambos lugares, para comprender a los demás de la mejor manera posible. Fue casi como aprender otro idioma, porque se aprenden no sólo las palabras sino las sutilezas de su uso.

El que viaja y vive muchos años afuera incurre en un vicio extraño. Quizás, menos que vicio, es un mecanismo de sobrevivencia emocional. Se recuerda el terruño como un ente estático. No nos atrevemos ni a imaginar que el país y que la vida siguen sin nosotros. Pensamos que, a nuestro regreso, todo estará igual: la gente, los lugares y también, el habla. Se nos olvida que la vida sigue, que todo cambia. Pero más importante aún, se nos olvida que el viajero también cambia durante su exilio.

Cuando regresé al país, muchos salvadoreños me preguntaban si era extranjera. El acento de mi hablado se había alterado y limado durante años de vivir fuera, tanto así que mi propio colectivo nacional ya no me reconocía como miembro. Volvía a ser, o mejor dicho, continuaba siendo “extranjera”. Pero las dificultades idiomáticas no terminaron con el retorno.

Aparte del evidente cambio físico en los lugares, cuando regresé a vivir en el país después de veinte años, me di cuenta de que el lenguaje también había cambiado. El español que había aprendido y usado en mi infancia y mi adolescencia se había transformado. Muchas de las palabras que había guardado en mi memoria, estaban en desuso o sufrieron modificaciones radicales.

Una de las transformaciones más evidentes y dolorosas que puedo mencionar como ejemplo es el uso de la palabra “mara”. Cuando niña aprendí que la mara o “la majada” era el grupo de amigos más cercanos, la pandillita del colegio, los cheros del vecindario. Era una palabra cálida, de complicidad y simpatía, muestra suprema de amistad. No cualquiera era de tu mara, sólo los amigos de confianza. Ahora, la sola mención de la palabra mara causa terror. Y hace años que no oigo a nadie referirse a su majada.

También nos hemos visto inundados por términos derivados del inglés. La influencia que tiene dicho idioma en la transformación de los salvadoreñismos es muy fuerte. La dolarización, que nos hizo descartar varias palabras (como chelita o peseta), nos trajo el nacimiento de la “cora”, ante la dificultad colectiva de pronunciar de manera correcta la palabra “quarter”, el nombre en inglés para la moneda de 25 centavos. Por qué no pasó eso con el “dime” (10 ctvs.) o el “penny” (1 ctvo.), no tengo idea.

Cuando las palabras mueren se llevan consigo múltiples recuerdos.

La forma de hablar de un colectivo se transforma cíclicamente porque el habla es un ser vivo, como vivos están sus hablantes. Las palabras cambian de acuerdo a las necesidades de expresión del colectivo. Supongo que para quienes permanecieron en el territorio nacional, estos cambios se dieron de manera sutil y no tan evidente. Simplemente se asumieron las nuevas palabras y las antiguas cayeron en desuso. Pero para los que no vivimos esa continuidad en la transformación del habla, es inevitable la sensación de ruptura o de que nos perdimos de algo que desconocemos. Es una más de las múltiples rupturas interiores que sufrimos los que nos hemos ido.

Se atribuye al poeta griego Homero la creencia de que las palabras que mueren se llevan consigo múltiples recuerdos. Pienso en las palabras que murieron con nuestros antepasados y en cómo cada palabra implicaría conocer su relación con los objetos, la descripción de un momento histórico y de un entorno ya desaparecido.

Allí también hay que buscar la identidad y la memoria, en nuestras palabras muertas, guardianas y tumbas de nuestros recuerdos colectivos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 20 de julio, 2014).

Una crisis que comienza en casa

Una de las fotos que fueron filtradas a la prensa sobre los menores de edad centroamericanos retenidos en una instalación de Texas, Estados Unidos.

Hace poco nos estalló en la cara la situación de los miles de migrantes menores de edad que han viajado, solos e indocumentados, para llegar a los Estados Unidos. La opinión pública se ha visto sacudida no sólo por las condiciones deplorables en que estos niños permanecen sino también por los incontables peligros que enfrentan durante su travesía.

Hemos visto las fotos de menores apiñados en condiciones infrahumanas, en pequeñas habitaciones o en lugares que parecen bodegas, cubiertos por frazadas térmicas. El New York Times publicó un artículo donde un niño de ocho años era detenido por un agente de la patrulla fronteriza. El niño viajaba solo y cargaba en su bolsillo, como única pertenencia, su partida de nacimiento. Otro artículo de la National Public Radio publicó las fotos de un grupo de menores que cruzaban México portando mapas con las horas y las rutas de los trenes que podían llevarlos hasta la frontera, así como una serie de consejos sobre cómo abordarlos y cómo evitar ser interceptados por las autoridades.

En meses recientes, la cifra de menores que viajaron solos aumentaron casi en un 90% gracias a rumores contradictorios sobre las reformas migratorias que planea implementar el gobierno del presidente Barack Obama. Se maneja como cifra formal 52 mil menores centroamericanos, provenientes sobre todo de Guatemala, Honduras y El Salvador, que en los últimos meses han atravesado la frontera hacia los Estados Unidos. Pero algunos medios manejan una cifra de 70 mil.

Si bien es cierto el problema es muy grave, esto es apenas la punta del iceberg. Hay que examinar lo que hay debajo para dimensionar su magnitud, que es mucho más profunda y compleja de lo que se ve a simple vista.

Esa crisis humanitaria comienza acá, en nuestros países y en las condiciones de vida que nos han convertido en países expulsores de gente. Todos los días, desde los años 80 e incluso antes, miles de personas se han ido, no sólo al norte sino a otros países del mundo, a buscar trabajo, seguridad física y oportunidades que les permitan desarrollar todo su potencial como seres humanos, oportunidades que nuestros países no ofrecen. No sé cuántos guatemaltecos y hondureños viven fuera de sus territorios, pero es sabido que un tercio de la población total salvadoreña se ha ido.

No es raro tampoco encontrarse a menudo con gente que planea irse. Muchos menores de edad están claros que, tarde o temprano, se irán al norte, como lo hicieron sus padres, sus hermanos u otros familiares antes que ellos.

Que hay niños que viajan solos hacia los Estados Unidos no es algo nuevo. Ocurre desde hace muchos años. Pero, con la indolencia que nos caracteriza, no le hemos dado la importancia debida al problema y lo hemos integrado en el torcido y enfermizo concepto de lo “normal” con el que convivimos los que todavía perseveramos en el territorio nacional. Era nada más una cuestión de tiempo que los millones de salvadoreños que viven fuera comenzaran a intentar, por todos los medios posibles, la reunificación familiar con los infantes que dejaron atrás, a los que no han visto crecer y con quienes buscan restablecer la convivencia.

Otro aspecto a considerar es que alrededor de la migración ilegal hay un gran negocio que mueve miles, millones de dólares al año. Esto incluye las tarifas que cobran los “coyotes” (que andan entre los 4 mil y los 9 mil dólares por persona), pasando por el pago que deben hacer a las redes de narcotraficantes (una especie de “tarifa de seguridad” para permitir el paso de los viajeros) y terminando con los abogados que en la frontera México-Estados Unidos están listos para tramitar las fianzas y los casos de los que son aprehendidos. Tampoco olvidemos que buena parte de nuestra economía descansa en las remesas, las cuales son una bendición y una maldición al mismo tiempo. La comodidad de esperar ese envío mensual ha alterado nuestros patrones culturales convirtiéndonos en una sociedad dependiente y consumista, con aspiraciones que han diluido y transformado nuestro carácter nacional.

Para muchos resulta incomprensible que los familiares de estos menores se atrevan a enviarlos al norte sin acompañantes o familiares directos y que los pongan en manos de “coyotes”. ¿Por qué se pone en riesgo a los niños de esta manera? ¿Por qué o cómo se logra pagar entre 4 mil y 9 mil dólares para que estos menores crucen la frontera? ¿No sería mejor hacer el esfuerzo de juntar esas pequeñas fortunas para abrir negocios y micro empresas en suelo nacional?

Quizás lo sería si las condiciones del país fueran otras. Pero todo negocio, por pequeño e insignificante que sea, cae en la red de extorsiones de las pandillas y en sus inclementes códigos de castigo.

Un migrante salvadoreño que conocí en Italia hace algunos años me lo resumió todo en una frase contundente. Este muchacho vivía con su novia en condiciones muy modestas, trabajaba de bell boy en un hotel. No tenían ni permiso de residencia ni de trabajo. Ambos vivían con la tensión permanente de ser descubiertos por las autoridades italianas.

Al preguntarle por qué había decidido migrar me dijo que lo hizo porque de seguir en El Salvador sólo tenía dos alternativas: ingresar a la mara o morir. Y como no quería ninguna de las dos cosas tomó la decisión de dejarlo todo atrás, endeudando a ambas familias (la suya y la de su novia) para buscar la vida en un lugar donde, por lo menos, sabía que no iban a matarlos.

Es una crisis humanitaria, sin duda. Pero esa crisis comienza en casa. Mientras no arreglemos los problemas locales que obligan a muchos a irse, esto continuará empeorando. ¿Realmente estamos dispuestos a solucionar el problema de la migración masiva? ¿Están dispuestos, el Estado y la sociedad, a renunciar a las remesas? ¿Renunciarán coyotes, abogados, maras y narcos al gran negocio que están haciendo con la necesidad ajena?

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 6 de julio 2014).