Vista al monumento del Divino Salvador del Mundo. Foto de Francisco Paredes, licencia Creative Commons 3.0, tomada de Wikimedia Commons. (http://commons.wikimedia.org/wiki/File:El_Salvador_del_Mundo_03.JPG)

Tarde de sábado

El rostro de la mujer con la que estoy hablando está cruzado por una intrincada trama de arrugas. Es el resultado del sol que ha tenido que soportar durante toda una vida como vendedora ambulante.

Compartimos la sombra de uno de los pocos árboles que el alcalde capitalino ha dejado en pie, en la plaza de El Salvador del Mundo. No es de extrañar que el alcalde fuera apodado como “El leñador”, en un grafiti que vi hace tiempo en un muro del centro de gobierno, por su obsesión de derribar todos los árboles posibles en los espacios públicos.

Estoy entretenida con una minuta de limón, sal y chile, viendo el ir y venir del tráfico y la gente. Me he negado desde hace años a volver a poner un pie en este lugar, ahora convertido en un espacio inclemente, donde el cemento refracta el calor y el resplandor solar, donde no hay espacios de sombra ni bancas donde sentarse, donde el ruido y el humo del tráfico son intolerables y donde el paisaje alrededor no invita a la serenidad o a la conversación. No es un lugar estimulante para ser visitado. Pero un cambio de última hora en un trabajo de campo que debía hacer con los participantes de un taller literario que estoy impartiendo, me obligó a ir y pasar un par de horas ahí.

Estamos las dos en silencio un rato. Poco a poco comenzamos a conversar. Me cuenta de sus años de vendedora ambulante, y de cómo, vendiendo en varios lugares, logró sacar adelante a sus tres hijos. Su marido murió durante la guerra (la guerra, la guerra, la guerra, siempre la guerra, como el telón de fondo de una tragicomedia de octava categoría que nunca termina y en la cual, hace mucho tiempo, ya todos dejamos de reír).

El tono de su voz y la expresión de su rostro cambian por completo cuando habla de él. Me mira. Sus ojos tienen el color del caramelo quemado. Pronto se llenan de lágrimas. Yo, que soy asquerosamente sentimental, también siento los ojos llorosos. Todavía le duele, todavía lo recuerda, todavía lo ama. Las dos tragamos gordo y hacemos el esfuerzo por no soltarnos en llanto, cada una por sus propias tragedias.

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El amor es un animal imperfecto

Yann Ándrea y Marguerite Duras, en Trouville, 1991. (Autor de foto no encontrado).

Yann Andréa y Marguerite Duras, en Trouville, 1991. (Autor de foto no encontrado).

Yann Lemée era un tímido estudiante francés de filosofía, nacido en la localidad bretona de Caen, en 1952. Un día leyó la novela Los caballitos de Tarquinia de Marguerite Duras. Su vida cambió para siempre. Decidió que no volvería a leer ningún libro más, a menos que fuera escrito por ella. Devoró su obra completa. Se convirtió en un admirador ferviente.

Una noche de 1975, se exhibió la película India Song en el cine Lux de Caen, la sexta de Duras como cineasta. Hubo una discusión con la presencia de la autora. Lemée estaba en primera fila. Al final del evento, un grupo de asistentes fue con ella a tomar algunas copas, Lemée incluido.

No era un buen momento en la vida de Duras. Vivía sola, se había alejado de la gente y estaba bebiendo su camino hacia la muerte. Los intentos por dejar la bebida habían sido infructuosos. Batallaba con depresiones. Combinaba alcohol con fármacos, decaía, enfermaba, enfurecía, insultaba a todo el mundo, se deprimía aún más. Su vena creativa se había secado. Lo único que escribía en ese entonces eran monólogos dirigidos a un interlocutor imaginario, como posibles apuntes para una novela epistolar.

Esa noche en el bar de Caen, ella bebió un par de whiskies. Cuando Duras decidió irse, Lemée la acompañó hasta el parqueo. Le pidió una dirección a la cual escribirle. Ella se la dio. Subió a su Renault 16. Se despidieron.

Durante los próximos cinco años, él le escribió a ella casi todos los días. Le contaba de su vida, le enviaba poemas, escribía sobre cualquier cosa. Duras jamás respondió pero guardó con esmero cada carta, como hacía con las cartas de todos sus admiradores. Lemée no esperaba respuesta pero estaba convencido de que la columna semanal que publicaba ella en el periódico Libération eran mensajes secretos de Duras para él.

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Escritores incómodos

Louis Ferdinand Céline, con una de sus mascotas.

Si no existieran los escritores incómodos, la literatura sería un intrascendente ejercicio de complacencia social. No me interesaría continuar siendo escritora si un día alguien decidiera que la literatura tiene la obligación de ser políticamente correcta, estar adscrita a alguna ideología, partido o institución, o ser complaciente con la moda editorial y/o académica del momento. Ese mismo día dejaría de escribir. Una literatura políticamente correcta, dulce desde su título hasta el tratamiento de su historia y sus personajes, no me interesa. Ni leerla ni escribirla.

La literatura no sirve para edulcorar la realidad y mostrarnos sólo el lado benévolo de la vida. Todo lo contrario. La literatura cumple una función trascendental en presentarnos aspectos de la realidad que, de otra manera, no percibiríamos. El escritor actúa como un filtro, como un “traductor” de la realidad. Con instrumentos tan inasibles como la imaginación y tan complejos como el lenguaje, construye mundos que obran como un espejo del ser humano. Un espejo que nos devuelve una imagen sin máscaras, muchas veces cruda y brutal, pero no por eso menos real.

Escribir no es un oficio para débiles de espíritu. Porque plantear esa realidad no edulcorada significa que el escritor tiene primero que asumirla y contársela a sí mismo. Tiene que explorar sus propias llagas. Deberá entrar en lugares oscuros y atemorizantes para decir lo que otros no saben, no pueden o no quieren decir. Tiene que bajar a las catacumbas de sí mismo para asir la piedra de la locura. De esa experiencia es difícil salir ileso. Hacerlo tiene un precio alto para el escritor. A más de alguno le costó la razón y el rechazo de los suyos. A otros la vida, literalmente.

La mejor literatura, o por lo menos el tipo que a mí me interesa, es la que se ensucia las manos. Es la que desnuda el alma del escritor y revela esas partes vulnerables que todos tenemos. Esos secretos inconfesables. Esos sentimientos que sabemos están ahí pero que ni siquiera no atrevemos a definir en palabras. Es crítica e inmisericorde. Cuenta el cuento y dice las cosas como son, caiga quien caiga.

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Caballos verdes

Hojas de huerta y el volcán de San Salvador al fondo. Foto tomada desde mi escritorio.

Hojas de huerta y el volcán de San Salvador al fondo. Foto tomada desde mi escritorio.

Todos los días, desde la ventana que tengo junto a mi escritorio, miro un par de hojas de mata de huerta. También se miran por las ventanitas que están en el descanso de las gradas.

La mata me la regaló mi vecina. Ella tenía dos sembradas en el jardincito al frente de su casa. La mata de plátano, que estaba sembrada más adelante, crecía sin problemas. Pero había atrás una matita de guineo de seda que apenas se notaba. En el lugar donde estaba no caía el sol. Por eso no prosperaba. La vecina me ofreció la de guineo para que la sembrara en mi jardincito frontal. Acepté, en el entendido de que cuando la mata diera, a la vecina le tocarían un par de gajos en retribución. El día que llegó el jardinero hicimos el trasplante.

La verdad es que no le puse mucha fe al asunto. Pasaban los días y no miraba cambio alguno en su tamaño. Me fue inevitable recordar a Jean Cocteau, quien en su libro Opio habla sobre la lenta velocidad de las plantas, una dimensión diferente de nuestra percepción del tiempo y de la velocidad, algo que el autor dice haber comprendido gracias a su adicción al opio.

Vi crecer a la mata muy despacio, casi sin darme cuenta, pensando en esa velocidad vegetal, en esa lentitud solemne, dignificada y silenciosa que tienen las plantas y los árboles para nacer y crecer. Celebraba cada hoja que salía. Me fijé en las raíces que se miran en la base del tronco. En los hijos que le salieron. En unas matas de flores que brotaron de manera misteriosa a su alrededor.

Cuando hace unos meses tuvimos una granizada violenta, todas las plantas quedaron maltrechas y con los agujeros de las quemaduras del hielo en sus hojas. Había pedacitos verdes por doquier y un intenso olor a plantas recién cortadas. Pero la mata de guineo resistió estoica. Se despelucó un poco, pero eso no le quitó el ímpetu.

Apenas tomé conciencia de lo inmensa que se ha hecho cuando noté que las hojas cubren por completo la vista desde la ventana del segundo piso. Ya no puedo ver hacia el volcán de San Salvador, que se mira a lo lejos. Por suerte tampoco sigo viendo los postes, cables, edificios y muros que también se miran desde aquí, toda esta horrible mancha humana que llamamos “ciudad”.

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Bienvenidos al cambio climático

Kiribati es un archipiélago compuesto por 33 atolones y una isla volcánica, ubicado a 2,152 kilómetros al sur de Hawai, en el Océano Pacífico. Una de sus islas más conocidas es Kiritimati, el primer lugar poblado en el planeta en recibir el Año Nuevo.

El punto más alto de esta nación es de cuatro metros sobre el nivel del mar. En las diferentes islas viven poco más de 103,000 personas sobre 811,000 kilómetros cuadrados, lo que convierte al archipiélago en un lugar de alta densidad poblacional.

Desde hace algunos años, sus habitantes afrontan una situación cuya realidad ya no pueden ignorar: las islas se están inundando. Se estima que cada año el agua sube de nivel por lo menos 3.7 milímetros. Por la topografía de las islas, ese aumento del nivel del mar se traduce en varios metros de playa perdida por año.

Esto es grave para los habitantes de Kiribati, ya que la población se concentra en su totalidad a apenas un kilómetro del mar. Desde hace poco más de 15 años, sus habitantes se han acostumbrado a rehacer sus casas algunos metros tierra adentro, pero saben que los nuevos hogares son temporales y que más temprano que tarde, tendrán que moverse de nuevo. Hay gente que se muda cada tres años. Bienvenidos a la realidad: el cambio climático ha llegado.

Numerosos estudios han concluido que el Océano Pacífico es la zona más afectada a nivel mundial por el cambio climático. El derretimiento de los glaciares está aumentando el nivel del mar, un proceso que muchos estiman irreversible. La inundación de las islas de Kiribati es prueba de ello. No son el único lugar con problemas. Tuvalu, una pequeña nación vecina de Kiribati, está igual. Como también lo están las Islas Salomón y las Islas Marshall, todas ubicadas en el Pacífico Sur.

Creer que el cambio climático es algo limitado al aumento de las temperaturas y del nivel de las aguas, sería quedarse en una lectura superficial de la realidad. Si bien es cierto habrá que resolver problemas de carácter técnico y económico para adaptar la vida humana a la nueva realidad, también hay asuntos de carácter social y cultural que son de consideración.

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Maltrato infantil: ¿disciplina o violencia?

Alarmado por el constante aumento de la criminalidad juvenil en su localidad, el Centro de Investigaciones Psicológicas de Shenyang (China), se dio a la tarea de estudiar diferentes casos de jóvenes homicidas. Comprobaron que todos ellos fueron sujetos a maltratos o humillaciones verbales durante su infancia. Seis de estos homicidas fueron entrevistados y filmados. Todos cuentan cómo, desde que eran niños, escucharon de sus padres o de los adultos que los rodeaban frases como “idiota, muérete, eres una desgracia, eres una basura, eres un inútil”. Después de años de escuchar esas frases, un buen día reventaron, tomaron un arma y mataron a alguien.

Como resultado de dicho estudio se lanzó la campaña “Words Can Be Weapons” (Las palabras pueden ser armas). En la estrategia de campaña se utilizaron esos mismos insultos, escritos en chino, y se rediseñaron los signos de la escritura para formar las armas que cada uno de los entrevistados ocupó para matar a alguien.

La campaña china pretende iniciar una discusión y una reflexión sobre cómo se disciplina a los menores, no sólo por parte de los padres de familia, sino también de los cuidadores, familiares cercanos y maestros. Algunos padres, al ser entrevistados y confrontados con esta información, se mostraron sorprendidos ya que no consideraban que regañar a su hijo por una mala calificación, gritándole constantemente “eres un inútil”, pudiera tener consecuencias negativas a futuro.

A inicios de septiembre, UNICEF presentó el informe Ocultos a plena luz: un análisis estadístico de la violencia contra los niños. El informe repasa varias formas de violencia contra los menores de edad: violencia física, homicidios, violencia sexual y acoso o intimidación escolar. El informe reúne datos de 190 países. La medición se hizo en víctimas de 0 a 19 años.

Dicho estudio plantea una estadística brutal: El Salvador es el país con la mayor tasa de homicidios de niños en el mundo, con 27 asesinatos por cada 100 mil habitantes. Se estima además que 7 de cada 10 niños en el país sufren de maltrato en sus hogares.

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