Cámara 038

Las palabras muertas

Uno de los retos que enfrenta quien se va a vivir a otro país es aprender otro idioma. Ese aprendizaje resulta abrumador en muchos sentidos porque al mismo tiempo se están aprendiendo multitud de cosas: se conoce el nuevo espacio que se habita, las costumbres locales, dónde y cómo se solucionan los asuntos domésticos. Se entablan relaciones nuevas, se crean otras rutinas. Este aprendizaje masivo y simultáneo en un entorno desconocido, puede resultar deprimente porque por mucho entusiasmo que se tenga con el nuevo país, nos provoca una desprotección emocional que nos hace sentir torpes. Buena parte de esa sensación pasa por el lenguaje y por la incapacidad de expresarnos de manera efectiva. Pero las dificultades de comunicación no se limitan al aprendizaje de un idioma diferente.

Cuando viví en Nicaragua era inevitable que al hablar se dieran cuenta de que no era nica. “Vos sos extranjera ¿verdad?”, me decían. Siempre me molestó que me llamaran así, porque ser extranjero implica una forma de exclusión: No es de aquí, no pertenece al colectivo, no habla como nosotros, es diferente.

Si iba al mercado y pedía un “güisquil”, las vendedoras no entendían lo que quería decir. Así es que recurría al lenguaje universal: señalar con el dedo lo que quería. Y resultaba que un “güisquil” era un “chayote”, corrección que las vendedoras me hacían con la misma severidad con la que un maestro reprende a un alumno.

Cuando me preguntaban por enésima vez si era extranjera, me reía y decía que no, que era “de aquí nomás, de a la vuelta: soy salvadoreña”. “A pues sí, es extranjera”, sentenciaban. Yo trataba de argumentar, invocando al espíritu de Francisco Morazán, que ser centroamericana no implicaba ser “extranjera” porque somos literalmente vecinos. Pero comprendí que Centroamérica es una noción utópica no asumida por los habitantes de la región y que las fronteras, además de ser geográficas, son mentales. Lo reconfirmé años después, cuando viví en Costa Rica, donde me pasó exactamente lo mismo.

Las fronteras, además de ser geográficas, son mentales.

Aprendí a disfrazar mi forma de hablar de la mejor manera posible. Opté por hablar en un español estándar que fuera comprensible para todos. Me había cansado de explicar no sólo qué significaba cada salvadoreñismo sino también por qué no vivía en mi propio país. Eso implicó aprender los localismos de ambos lugares, para comprender a los demás de la mejor manera posible. Fue casi como aprender otro idioma, porque se aprenden no sólo las palabras sino las sutilezas de su uso.

El que viaja y vive muchos años afuera incurre en un vicio extraño. Quizás, menos que vicio, es un mecanismo de sobrevivencia emocional. Se recuerda el terruño como un ente estático. No nos atrevemos ni a imaginar que el país y que la vida siguen sin nosotros. Pensamos que, a nuestro regreso, todo estará igual: la gente, los lugares y también, el habla. Se nos olvida que la vida sigue, que todo cambia. Pero más importante aún, se nos olvida que el viajero también cambia durante su exilio.

Cuando regresé al país, muchos salvadoreños me preguntaban si era extranjera. El acento de mi hablado se había alterado y limado durante años de vivir fuera, tanto así que mi propio colectivo nacional ya no me reconocía como miembro. Volvía a ser, o mejor dicho, continuaba siendo “extranjera”. Pero las dificultades idiomáticas no terminaron con el retorno.

Aparte del evidente cambio físico en los lugares, cuando regresé a vivir en el país después de veinte años, me di cuenta de que el lenguaje también había cambiado. El español que había aprendido y usado en mi infancia y mi adolescencia se había transformado. Muchas de las palabras que había guardado en mi memoria, estaban en desuso o sufrieron modificaciones radicales.

Una de las transformaciones más evidentes y dolorosas que puedo mencionar como ejemplo es el uso de la palabra “mara”. Cuando niña aprendí que la mara o “la majada” era el grupo de amigos más cercanos, la pandillita del colegio, los cheros del vecindario. Era una palabra cálida, de complicidad y simpatía, muestra suprema de amistad. No cualquiera era de tu mara, sólo los amigos de confianza. Ahora, la sola mención de la palabra mara causa terror. Y hace años que no oigo a nadie referirse a su majada.

También nos hemos visto inundados por términos derivados del inglés. La influencia que tiene dicho idioma en la transformación de los salvadoreñismos es muy fuerte. La dolarización, que nos hizo descartar varias palabras (como chelita o peseta), nos trajo el nacimiento de la “cora”, ante la dificultad colectiva de pronunciar de manera correcta la palabra “quarter”, el nombre en inglés para la moneda de 25 centavos. Por qué no pasó eso con el “dime” (10 ctvs.) o el “penny” (1 ctvo.), no tengo idea.

Cuando las palabras mueren se llevan consigo múltiples recuerdos.

La forma de hablar de un colectivo se transforma cíclicamente porque el habla es un ser vivo, como vivos están sus hablantes. Las palabras cambian de acuerdo a las necesidades de expresión del colectivo. Supongo que para quienes permanecieron en el territorio nacional, estos cambios se dieron de manera sutil y no tan evidente. Simplemente se asumieron las nuevas palabras y las antiguas cayeron en desuso. Pero para los que no vivimos esa continuidad en la transformación del habla, es inevitable la sensación de ruptura o de que nos perdimos de algo que desconocemos. Es una más de las múltiples rupturas interiores que sufrimos los que nos hemos ido.

Se atribuye al poeta griego Homero la creencia de que las palabras que mueren se llevan consigo múltiples recuerdos. Pienso en las palabras que murieron con nuestros antepasados y en cómo cada palabra implicaría conocer su relación con los objetos, la descripción de un momento histórico y de un entorno ya desaparecido.

Allí también hay que buscar la identidad y la memoria, en nuestras palabras muertas, guardianas y tumbas de nuestros recuerdos colectivos.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 20 de julio, 2014).

Una crisis que comienza en casa

Una de las fotos que fueron filtradas a la prensa sobre los menores de edad centroamericanos retenidos en una instalación de Texas, Estados Unidos.

Hace poco nos estalló en la cara la situación de los miles de migrantes menores de edad que han viajado, solos e indocumentados, para llegar a los Estados Unidos. La opinión pública se ha visto sacudida no sólo por las condiciones deplorables en que estos niños permanecen sino también por los incontables peligros que enfrentan durante su travesía.

Hemos visto las fotos de menores apiñados en condiciones infrahumanas, en pequeñas habitaciones o en lugares que parecen bodegas, cubiertos por frazadas térmicas. El New York Times publicó un artículo donde un niño de ocho años era detenido por un agente de la patrulla fronteriza. El niño viajaba solo y cargaba en su bolsillo, como única pertenencia, su partida de nacimiento. Otro artículo de la National Public Radio publicó las fotos de un grupo de menores que cruzaban México portando mapas con las horas y las rutas de los trenes que podían llevarlos hasta la frontera, así como una serie de consejos sobre cómo abordarlos y cómo evitar ser interceptados por las autoridades.

En meses recientes, la cifra de menores que viajaron solos aumentaron casi en un 90% gracias a rumores contradictorios sobre las reformas migratorias que planea implementar el gobierno del presidente Barack Obama. Se maneja como cifra formal 52 mil menores centroamericanos, provenientes sobre todo de Guatemala, Honduras y El Salvador, que en los últimos meses han atravesado la frontera hacia los Estados Unidos. Pero algunos medios manejan una cifra de 70 mil.

Si bien es cierto el problema es muy grave, esto es apenas la punta del iceberg. Hay que examinar lo que hay debajo para dimensionar su magnitud, que es mucho más profunda y compleja de lo que se ve a simple vista.

Esa crisis humanitaria comienza acá, en nuestros países y en las condiciones de vida que nos han convertido en países expulsores de gente. Todos los días, desde los años 80 e incluso antes, miles de personas se han ido, no sólo al norte sino a otros países del mundo, a buscar trabajo, seguridad física y oportunidades que les permitan desarrollar todo su potencial como seres humanos, oportunidades que nuestros países no ofrecen. No sé cuántos guatemaltecos y hondureños viven fuera de sus territorios, pero es sabido que un tercio de la población total salvadoreña se ha ido.

No es raro tampoco encontrarse a menudo con gente que planea irse. Muchos menores de edad están claros que, tarde o temprano, se irán al norte, como lo hicieron sus padres, sus hermanos u otros familiares antes que ellos.

Que hay niños que viajan solos hacia los Estados Unidos no es algo nuevo. Ocurre desde hace muchos años. Pero, con la indolencia que nos caracteriza, no le hemos dado la importancia debida al problema y lo hemos integrado en el torcido y enfermizo concepto de lo “normal” con el que convivimos los que todavía perseveramos en el territorio nacional. Era nada más una cuestión de tiempo que los millones de salvadoreños que viven fuera comenzaran a intentar, por todos los medios posibles, la reunificación familiar con los infantes que dejaron atrás, a los que no han visto crecer y con quienes buscan restablecer la convivencia.

Otro aspecto a considerar es que alrededor de la migración ilegal hay un gran negocio que mueve miles, millones de dólares al año. Esto incluye las tarifas que cobran los “coyotes” (que andan entre los 4 mil y los 9 mil dólares por persona), pasando por el pago que deben hacer a las redes de narcotraficantes (una especie de “tarifa de seguridad” para permitir el paso de los viajeros) y terminando con los abogados que en la frontera México-Estados Unidos están listos para tramitar las fianzas y los casos de los que son aprehendidos. Tampoco olvidemos que buena parte de nuestra economía descansa en las remesas, las cuales son una bendición y una maldición al mismo tiempo. La comodidad de esperar ese envío mensual ha alterado nuestros patrones culturales convirtiéndonos en una sociedad dependiente y consumista, con aspiraciones que han diluido y transformado nuestro carácter nacional.

Para muchos resulta incomprensible que los familiares de estos menores se atrevan a enviarlos al norte sin acompañantes o familiares directos y que los pongan en manos de “coyotes”. ¿Por qué se pone en riesgo a los niños de esta manera? ¿Por qué o cómo se logra pagar entre 4 mil y 9 mil dólares para que estos menores crucen la frontera? ¿No sería mejor hacer el esfuerzo de juntar esas pequeñas fortunas para abrir negocios y micro empresas en suelo nacional?

Quizás lo sería si las condiciones del país fueran otras. Pero todo negocio, por pequeño e insignificante que sea, cae en la red de extorsiones de las pandillas y en sus inclementes códigos de castigo.

Un migrante salvadoreño que conocí en Italia hace algunos años me lo resumió todo en una frase contundente. Este muchacho vivía con su novia en condiciones muy modestas, trabajaba de bell boy en un hotel. No tenían ni permiso de residencia ni de trabajo. Ambos vivían con la tensión permanente de ser descubiertos por las autoridades italianas.

Al preguntarle por qué había decidido migrar me dijo que lo hizo porque de seguir en El Salvador sólo tenía dos alternativas: ingresar a la mara o morir. Y como no quería ninguna de las dos cosas tomó la decisión de dejarlo todo atrás, endeudando a ambas familias (la suya y la de su novia) para buscar la vida en un lugar donde, por lo menos, sabía que no iban a matarlos.

Es una crisis humanitaria, sin duda. Pero esa crisis comienza en casa. Mientras no arreglemos los problemas locales que obligan a muchos a irse, esto continuará empeorando. ¿Realmente estamos dispuestos a solucionar el problema de la migración masiva? ¿Están dispuestos, el Estado y la sociedad, a renunciar a las remesas? ¿Renunciarán coyotes, abogados, maras y narcos al gran negocio que están haciendo con la necesidad ajena?

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 6 de julio 2014).

Music From The Works Of James Joyce

Music From the Works of James Joyce compiles many of the songs Joyce alluded to in his poems, stories, and novels (such as music-hall ballad “Finnegan’s Wake”). It also includes Joyce’s own work—his collection of poems, Chamber Music—given “musical settings” by composer Ross Lee Finney. Inspired by this enlightening collection of Joyce’s favorite music, blogger ulyssestone of Spotify Classical Playlists compiled the playlist above of all the songs available to stream. This playlist includes not only songs that influenced the author, or were written by him; ulyssestone also added several songs that Joyce inspired, such as Syd Barrett’s “Golden Hair,” based on a poem from Chamber Music, Kate Bush’s “Flower of the Mountain,” based on Molly Bloom’s final soliloquy, and Jefferson Airplane’s “Rejoyce,” a “highly selective cap of Ulysses.” John Cage’s Roaratorio appears, as does the work of several other Joyce-inspired classical composers. (Source: Open Culture.)

La más cruel de las bestias

                                                     Satao. (Foto de Richard Moller, Tsavo Trust).

El elefante más grande del mundo ha muerto. Se llamaba Satao, tenía 50 años y vivía en el Parque Nacional Tsavo East de Kenia. Era lo que se conoce como un “elefante toro”, los raros portadores de un gen que los hace crecer colmillos tan largos que llegan hasta el suelo. Los kenianos estaban muy orgullosos de Satao. Era un símbolo de su país.

Eso no sirvió para protegerlo de los cazadores ilegales que lo perseguían con teléfonos móviles y sistemas de rastreo GPS. Dicen los cuidadores del parque que Satao era tan inteligente que sabía que sus colmillos eran ansiados. Eso lo hizo desarrollar un mecanismo de defensa: siempre se paraba de manera que ocultaba sus larguísimos colmillos entre los matorrales.

Ya una vez antes habían atacado a Satao. Lo hirieron con flechas. No pudieron matarlo pero le provocaron dos heridas muy grandes que por la intervención de los veterinarios del parque, lograron sanar. Pero a fines de mayo, los cazadores lo atacaron de nuevo, esta vez con balas y flechas envenenadas. Satao no sobrevivió. Su cuerpo fue encontrado el 2 de junio con el rostro mutilado, sin la trompa y sin sus colmillos.

Su muerte ocurre pocas semanas después de la muerte de otro elefante famoso de Kenia, Mountain Bull, un paquidermo de 46 años, que tenía un temperamento particular: tenía por costumbre derribar las vallas eléctricas que limitan el parque. Las vallas eran un obstáculo en las rutas migratorias de su especie. Aunque los cuidadores entrenan a los elefantes para cambiar sus rutas y limitarse al entorno de las reservaciones, Mountain Bull nunca lo aceptó. Él insistía en utilizar los caminos que había aprendido de sus ancestros y derribaba las cercas que obstaculizaban lo que él consideraba su territorio. Enrollaba la totalidad de su trompa hasta su boca y botaba las cercas con sus colmillos. Podía hacerlo sin electrocutarse ya que el marfil no conduce la electricidad.

Mountain Bull también había sido atacado antes. Le dispararon. Pero sobrevivió y vivía con ocho balas metidas en el cuerpo. Preocupados por el peligro que corría, los cuidadores decidieron cortar un tercio de sus colmillos para que resultara menos atractivo para los cazadores. No sirvió de nada.

Los cazadores clandestinos encontraron a Mountain Bull. El animal montó pelea. Pero lograron darle varios hachazos en la cabeza. Con eso lo rindieron y serrucharon sus colmillos. Como suele suceder, en la prisa por no ser descubiertos, ni siquiera esperaron a que el animal muriera. Los elefantes víctimas de estos cazadores sufren siempre una muerte lenta y dolorosa.

Las muertes de Satao y Mountain Bull me hicieron recordar otra noticia. El personal del Centro para Especies en Peligro Hoedspruit de Sudáfrica, encontró a un rinoceronte bebé, de tres meses, llorando desconsolado junto al cadáver de su madre, que había sido asesinada para arrancarle el cuerno. El bebé no quería separarse de su madre muerta. Cuentan los que lo vieron que era desgarrador ver el llanto del animalito. Tuvieron que sedarlo para poder llevárselo.

Esa primera noche en el refugio, el bebé rinoceronte durmió acompañado de un par de cuidadores y de una oveja que funciona en el albergue como mamá sustituta para los animales huérfanos. Desde entonces, el animalito se niega a dormir solo. Los cuidadores toman turnos para acompañarlo y dormir con él. Cada tres horas lo alimentan con leche, le dan largos baños de lodo (que disfruta como loco) y hace dos caminatas diarias, siempre acompañado. La idea es que cuando pueda valerse por sí mismo, será liberado. Pero aunque parece sobrepuesto del trauma inicial, en las noches se niega a dormir si no es recostando su cabeza sobre las piernas de alguno de los cuidadores, que lo acarician hasta quedar dormido.

Es posible que la nuestra sea la generación que vea el exterminio de varias especies que hasta no hace mucho, ni siquiera figuraban en la lista de especies en peligro. Elefantes, rinocerontes, ballenas, delfines, tigres, leones y un largo etcétera figuran entre ellos. Animales que hemos humillado, sometido, perseguido, explotado y asesinado sin piedad. Seres majestuosos, como elefantes, rinocerontes y tigres, a los que perseguimos por el valor monetario que tienen sus colmillos, sus cuernos o alguno de sus órganos, que son considerados como afrodisíacos. Animales que hemos secuestrado de su entorno para esclavizarlos y hasta explotarlos sexualmente, como ocurre con las orangutanes hembra en los burdeles del sureste asiático.

Todos sucumben ante el mismo depredador. Una bestia brutal, sin compasión, sin sensibilidad ni respeto por la vida en este planeta. Una bestia de muerte, sangre y destrucción. Hablo de nosotros, los humanos.

Hay quienes consideran que la matanza indiscriminada de animales es resultado de los estados de extrema de pobreza que existen en los países donde ocurren estos y otros hechos similares. Pero aunque es cierto que alrededor de la muerte y explotación de estos animales circulan cantidades inimaginables de dinero, también lo es que el ser humano siente un perverso placer al dar muerte y martirio, ya sea a animales o incluso a otros humanos. Pensemos en las corridas de toros y en los safaris de cacería que, por miles de dólares, convierten la persecución y matanza de animales salvajes en un “divertido deporte”.

Quien no tiene compasión por los animales difícilmente la tendrá por los seres humanos. No dudemos que personas así se voltearían contra su prójimo, sin dudas ni remordimientos, si tuvieran la necesidad o la ocasión. Y es precisamente esa falta de compasión la que nos tiene destruyendo la vida en el planeta a una velocidad inusitada.

Por codicia, orgullo e ignorancia, el ser humano impone su huella de cemento, asfalto, basura y muerte donde quiera que vaya, sin pensar que al hacerlo, acelera su propia extinción.

Quizás eso sea lo mejor, que la humanidad desaparezca. Sólo así la naturaleza se sanará a sí misma y prevalecerá la vida y la belleza de toda la creación. El mundo sabrá estar mejor sin nosotros.

(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 22 de junio 2014).

#Esperanza #Objetividad #Peligros

Red (Morgan Freeman) hablando sobre la esperanza en The Shawshank Redemption. (Tomado de Stillonmybrain).

Red (Morgan Freeman) hablando sobre la esperanza en The Shawshank Redemption. (Tomado de Stillonmybrain).

Los cambios de mando presidencial son un poco como las fiestas de fin de año. Son inevitables los resúmenes, las comparaciones, los balances, la lista de promesas no cumplidas, las despedidas entre empleados de las oficinas de gobierno. Flota algo de melancolía en el ambiente. Hasta nos ponemos un poquito sentimentales. Soñamos, otra vez, con el futuro. Porque es inevitable que la esperanza se encienda de nuevo en la ciudadanía, aunque para muchos su llama sea tan débil como la de un fósforo en medio de una tormenta.

En la película The Shawshank Redemption se desarrolla un diálogo interesante entre el protagonista Andy Dufresne (interpretado por Tim Robbins) y sus compañeros de prisión. Dufresne recién ha salido de un encierro solitario de varios días. Se sienta a la mesa con los demás presos que le preguntan cómo estuvo. Él contesta que se la pasó escuchando música en su mente, porque hay espacios en nuestro interior que nadie puede tocar. Que eso es algo que nadie nos puede quitar.

Red (interpretado por Morgan Freeman) le pide que le explique eso un poco mejor. “La esperanza”, contesta Dufresne. La expresión de Red denota su incomodidad. Es como si hubiese escuchado un insulto. “Déjame decirte algo amigo” le contesta Red, mientras agita su cuchara en el aire, en señal de amenaza. “La esperanza es una cosa peligrosa. La esperanza puede enloquecer a un hombre. La esperanza es algo que no sirve para nada cuando estás encerrado”.

“La esperanza es una cosa peligrosa. La esperanza puede enloquecer a un hombre”.

Recordé esa escena ante la renovación de la esperanza quinquenal que significa cada cambio de gobierno. Es cierto. Una esperanza desmedida puede transformarse en un asunto peligroso. La esperanza nos hace concebir expectativas tan altas que podemos perder la objetividad. La decepción, cuando se da el choque de nuestras expectativas contra el muro de la realidad, termina siendo inevitable. Mientras más fuerte e intensa es la expectativa, más profunda es la decepción.

Es posible que esa mezcla sulfurosa de dolor, rabia y frustración que produce la decepción, sea el origen de toda esa visceralidad que tan a menudo vemos en el país. Se está convirtiendo en normal que la gente reaccione con el hígado ante cualquier cosa. Que vomite su rabia y sus desacuerdos sin más argumento que desacreditar a la otra persona y de insultar de la manera más hiriente posible, todo por el hecho de no concordar con la opinión propia. Si no estás conmigo, estás contra mí, parece ser la consigna de estos tiempos.

Es casi imposible intentar dialogar sobre algunos temas sin que te acusen de algo o sin que tilden tu opinión como equivocada, como vendida, como fanatizada o, en el mejor de los casos, como una ingenuidad. No nos tomamos la molestia de escuchar los argumentos de los demás. Tampoco nos interesan. Una opinión diferente a la nuestra es tomada como un insulto personal o como muestra de ignorancia. Nos burlamos de todos. Nuestra postura es la única correcta. Categorizamos a las personas a través del filtro de nuestros prejuicios y rencores. Las cosas ahora están reducidas al blanco o al negro, olvidando que también existe el gris y su amplia gama de tonos.

Perdimos la objetividad. Nos quedamos en lo superficial de toda noticia o hecho. Reaccionamos sin pensar y sin medir las consecuencias. Nos hemos convertido en unos peleoneros y defendemos nuestro micro mundo con dientes y uñas. Pasa entre las personalidades públicas pero también entre perfectos extraños, en las secciones de comentarios de los periódicos o en las redes sociales. Pasa entre amigos, familiares y conocidos.

Estas reacciones viscerales cierran las posibilidades de diálogo. Sin diálogo no puede crearse el espacio desde el cual todos los ciudadanos, no importando nuestra preferencia política, trabajemos para el bien común.

Nos quejamos de que no se puede dialogar pero ¿cuánto de nuestra actitud incentiva o desmotiva dicho diálogo? Leo o escucho a muchas personas que pasan por adalides de la defensa de los derechos humanos, de la libertad de culto o de expresión, del profesionalismo y el respeto, pero que atacan, ridiculizan o insultan a toda persona que se atreva a expresar sus creencias religiosas, a disentir con la opinión general o que intenta hacer una crítica constructiva. Con esas reacciones desmedidas, dichos adalides se convierten en lo mismo que critican.

Discutir los problemas nacionales no es un juego de pulso en el que alguien debe ganar o imponer su razón sobre la del otro. Es asunto de encontrar los puntos desde los cuales se puede trabajar en conjunto en la implementación de las soluciones urgentes que requieren los problemas de este país.

Los cambios de mando presidencial se parecen mucho a las fiestas de fin de año, insisto. Hacemos propósitos para ser mejores, para trabajar más. Repetimos los mismos discursos de ocasión. Volvemos a invocar a la tolerancia, la objetividad, el respeto y la amplitud de mente. Nos regocijamos un rato en la esperanza, que nos permite soñar con un país ideal o por lo menos, con un país sustancialmente mejor, donde los salvadoreños podamos trabajar con tranquilidad y vivir una vida digna, que es lo que a fin de cuentas, queremos y merecemos.

Hacia el final de The Shawshank Redemption, Red encuentra una carta escrita por Dufresne. “Recuerda que la esperanza es una buena cosa, quizás la mejor de todas. Y ninguna cosa buena muere”. Para Red, que en ese momento es ya un hombre libre, la esperanza adquiere un sentido diferente.

Es bueno tener esperanza. La esperanza es el combustible que nos anima a salir de la cama cada mañana. Es la que nos anima a continuar adelante, a pesar de vivir momentos duros. Es la energía infatigable que otorga algún tipo de sentido a la vida.

No dejemos morir nuestras esperanzas. Pero tampoco perdamos la objetividad. Quizás así podemos comenzar a desmontar la polarización, los prejuicios, la arrogancia, la mezquindad y el continuo deseo de revancha. Quizás así comenzamos a construir ese mejor país con el que tanto soñamos.

(Publicado en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 8 de junio 2014).